domingo, 12 de enero de 2014

NO ES AQUÍ DONDE APARQUÉ MI COCHE

Pues allí estaba yo, en algo parecido a una calle por donde circulaban carros, carretas, caballeros en sus monturas y gente que había descuido en demasía su higiene. El suelo, bueno el suelo, no había nada, era todo una mezcla infame de fango y heces que se me pegaba en la suelas de las "Good Year".
Parecía ser día de mercado, el trasiego de gente era abundante y con las pintas que yo llevaba era mejor quitarse de en medio para no armar revuelo. La gente no paraba de mirarme, no era para menos, mientras intentaba buscar un lugar apartado en el que poder pensar. Me tapé la cara hasta la nariz con la sudadera pensando que así pasaría más desapercibido, fue inútil; Ya no sólo me miraban sino que también se apartaban de mi vera alarmados, me temían, pero lo que no sabían es que yo les temía más a ellos porque no sabía si iban a reaccionar de manera "violenta". Nervioso, empecé a correr sin saber adonde, lo único que pretendía era estar a solas con mis pensamientos. Mientras corría la gente de mi alrededor salía despavorida gritando, aterrorizada, buscando refugio.

De repente, oí sonido de caballos al galope y supe que venían a por mí, ni siquiera miré atrás, aceleré la carrera todo lo que ese suelo lleno de mierda y mis pulmones me permitían. Atravesé las puertas de un pequeño muro buscando un escondite donde ocultarme. Lo encontré detrás un puesto de hortalizas que estaba vacío en ese momento. Pude ver llegar a los jinetes a la puerta del muro; eran seis. Bajaron de sus caballos y desenvainaron sus espadas dirección hacia donde me encontraba.

Tenía que salir de ahí o me atraparían como a un vulgar conejo. Silencioso y con mucho cuidado fui pasando detrás de los puestos en los cuales no había nadie, debieron asustarse de algo, o alguien y los abandonaron. Los jinetes debían ser los guardias de alguien, iban todos uniformados de la misma manera, se dedicaban a registrar puesto por puesto y yo procuraba ir en dirección opuesta para salir por la misma puerta por la que había entrado. Estaba a unos pocos pasos cuando de repente una mano se posó en mi hombro derecho a  la voz de "¡Alto en nombre del Rey!" Me giré y vi a otro grupo de guardias con sus espadas desenvainadas mirándome directamente a los ojos. Aquello no pintaba bien.

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