domingo, 24 de febrero de 2013

LA LLAVE DE COBRE (CAPÍTULO I)

14 de Marzo del año de Nuestro Señor de 1106. El hermano Thomas se encontraba en el huerto aquella fría mañana cuando se oyó el primer golpe: Se quedó inmóvil, analizando si de verdad había oído algo. Volvió a sonar, no había duda, algo o alguien estaba golpeando la puerta del monasterio.

Cuando el monje llegó a la puerta, se encontró a un caballero malherido, sangraba por todas partes, la armadura estaba casi destrozada por completo pero aún llevaba la espada sujeta al cinto. Se encontraba tumbado en el suelo incapaz de levantar su puño derecho para golpear de nuevo en la puerta; giró la cabeza y al ver aparecer al hermano Thomas, se desmayó exhausto.

Despertó en una modesta cama con un colchón hecho de paja, la luz se filtraba por la ventana; se sorprendió al ver que llevaba puesto un hábito de monje, y no su vieja armadura que se encontraba encima de una silla. Se incorporó de la cama al mismo tiempo que la puerta de la habitación se abría apareciendo la figura del hermano Thomas por ella. -Ya habéis despertado, llevábais dos días durmiendo, espero que os encontréis mejor- Dijo éste con una sonrisa en la cara. El hermano Thomas le explicó al caballero que durante el tiempo que había estado dormido, lo había aseado y había intentado curarle todas las heridas, que no eran pocas.

En los días sucesivos, mientras el caballero se iba recuperando poco a poco, se iba dando cuenta de que
debía partir lo más pronto posible si quería llevar a cabo su misión, teniendo que abandonar ese monasterio alejado del mundo y medio derrumbado por el paso del tiempo, y al único monje que habitaba en él sin el cual, no hubiera sido capaz de sobrevivir. Cuando el hermano Thomas entró a la habitación para supervisar que estaba todo en orden, decidió que era el momento de comunicárselo:
-Hermano, quiero contarle algo. Habéis sido muy bueno conmigo y quiero agradeceros todo lo que habéis hecho por mi, pero he de partir de inmediato y buscar a mis dos compañeros.
-Aún no estáis recuperado, os quedan varios días para poder salir de la cama y no digamos ya para recorrer largas distancias. Por cierto, si fuérais tan amable de indicarme como os llamáis, para poder dirigirme a vos por vuestro nombre. Yo soy el Hermano Thomas, pero podéis llamarme Thomas.
-Thomas... Mi nombre es Eduardo, Eduardo de Constanza, e insisto en marcharme con la mayor brevedad posible, el destino del mundo depende tanto de mis compañeros como de mi.
¿Qué es eso tan importante que atañe el destino de todos nosotros? 

Con resignación, el caballero decidió que era justo contarle la historia al monje después de todo lo que había hecho por él.

-Pertenezco a una organización formada por hombres de todas las razas y religiones, al margen de los gobiernos y de cualquier sistema político. Nos dedicamos al estudio de la filosofía como al desarrollo de nuevas tecnologías y armas para el combate, aunque nuestra principal función es mediar en los conflictos que surjen por todos los rincones del mundo conocido y procurar que se derrame la menor cantidad de sangre inocente posible. No tenemos ningún nombre, aunque entre nosotros nos denominamos "caballeros invisibles". Estamos actuando en estos instantes para tratar de solucionar la Cruzada que están llevando a cabo los cristianos. El problema para nuestra organización es que contamos con una sede en Jerusalén y para que esta guerra no nos perjudique, hemos decidido trasladar todos nuestros documentos a una de nuestras sedes de Europa. Mis dos compañeros y yo trasladábamos un carro con un cofre en el que se hallan documentos muy valiosos que recogen minuciosamente la construcción de armas de asedio modernas que podrían hacer decantar la balanza para un bando u otro. El día que aparecí en este monasterio fuimos atacados por una decena de hombres, me golpearon en la cabeza haciendo que me desmayara durante el combate; abrí los ojos instantes antes de que mi montura me dejara caer y se marchara al galope, por suerte no caí lejos de aquí. Por eso es  por lo que debo partir enseguida, buscar a mis compañeros y al cofre o al menos volver al lugar donde nos atacaron por si puedo hallar alguna pista de su paradero.
-Está bien, pero yo te acompañaré, no quiero que recaigas y no haya nadie cerca.
-Muchas gracias Hermano Thomas.
-Thomas, por favor, llámame Thomas.

A la mañana siguiente, al amanecer, el caballero y el monje salieron en un viejo asno de éste guiados por el caballero rumbo al lugar donde se había producido el enfrentamiento. Pasado ya el medio día dieron con la extensa llanura en donde se encontraba el carro, destrozado e inutilizable. Ni rastro de sus compañeros, habían pasado varios días y sabía que no iban a estar ahí pero si mantenía la esperanza de encontrar algo que indicara donde podrían estar. Se quedó de pié mirando al horizonte, reflexionando; la brisa le movía el pelo suavemente y de repente sus ojos se fijaron en algo que sobresalía debajo de una piedra y que el viento movía, resultó ser una hoja de pergamino, rápidamente le retiró la piedra de encima, el Hermano Thomas se acercó para ver de que se trataba; en el pergamino se podía leer "Si quieres volver a ver a tus hermanos, cabalga media jornada en dirección al sur a través del bosque. Trae la llave." Volvió a releer el pergamino mientras se introducía la mano por el cuello de sus vestimentas y sacaba una llave pequeña que colgaba en su cuello. Miró hacia el bosque y la apretó con fuerza.

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